Hay en Laendiell cierto caballero, de lengua afilada y monstruoso aspecto, que contesta siempre intentando ridiculizar al oponente, por la poca variedad de insultos que utiliza para describir lo que para todos es algo manifiesto.
Pues señor, recojo el guante que siempre deja en el aire, y permítame usted el contestarle: No hay nada malo en ser feo, sobretodo si los dioses en su día así lo quisieron (si es que no fue simplemente una mala broma de los hados vuestro nacimiento). Imagino que os habéis pasado muchas horas frente al espejo, inventando nuevas formas de criticar a ese triste cuerpo, así, los insultos de los demás siempre quedarán tristes y nada originales en comparación a las creaciones de vuestro encomiable intelecto. Así, no habrá palabra malsonante que a vuestra merced llegue alguna vez a afectarle. Pero, caballero, hace años que no oigo de vuestra boca ni un triste soneto, ¿es que ya no tiene tinta… su tintero? ¿O puede que tal vez vuestra amada pluma se sienta cansada de la escritura y vaya por otros derroteros?
La vejez a todos alcanza, y hace tiempo ya que se instaló, junto a su corcova, sobre la espalda. Si no quiere dar su brazo a torcer y ceder ante un campeón más joven su posición en la corte, bueno, es de los ancianos el derecho de aguantar hasta que les lleve la muerte. Mas ¡ay de los rumores! que corren por las posadas y callejones, sobre lo reblandecida que se muestra vuestra espada cuando, por simple descuido, fija sus ojos en usted una dama…por poner un ejemplo. Pues, como ya dice usted mismo, sobre vuestro aspecto sobran las palabras.
Centráos, es un consejo, en las letras y en las notas, si ya vuestro cuerpo no responde ante las señoras; cantad una endecha a vuestra espada ,si así la tenéis satisfecha; pero centraos en algo más que en responder insultos que os hacen perder el tiempo, pues con tanta tardanza en vuestras composiciones literarias hace creer al espectador, como yo, que lloráis encerrado en alguna estancia por el corazón robado a manos de un ladrón traicionero. Y no quisiera Laendiell perder a uno de sus mejores autores por buscar al autor de semejante hazaña, pues pensaba casi imposible encontrar tal órgano dentro de su indescriptible carcasa.
- ¿Cómo has podido? – Dijo en voz baja, enfadada. Su belleza deslumbrante era terrorífica ahora, sus ojos castaños relampagueaban llenos de ira hacia su compañero. Se sentía traicionada, traicionada por la única persona en la que creía poder confíar. – Me he dejado la piel en esto, casi pierdo la vida para traerlos al mundo en el momento oportuno y tú entregas a mis hijos a nuestros enemigos… Tus poderes aquí se asemejan a los de un dios y tú los dejas ir…
- La culpa no es mía Igraine. Éste es el resultado de una vida de engaños y de mentiras, Morgaine y Arthur son jóvenes muy inteligentes y el Círculo les dio respuestas a sus preguntas. ¿Qué esperabas que fuera a pasar? Yo no se los entregué, no te equivoques, ellos corrieron tras sus pasos, y vinieron aquí porque tú tuviste que vengarte de tu hermana cuando a ti te pareció. Si alguien tiene la culpa de esto eres tú. – El corazón atormentado de Marcus cargaba con sus culpas, pero no permitiría que lo hicieran acarrear con consecuencias de actos ajenos. Ella le dedicó una mirada cargada de rencor, pero no por mucho tiempo, no podía enfadarse con Marcus, nunca había podido.
- Bueno, pues hay que buscar una solución, no podemos permitir que ellos tengan a los Cuatro, es demasiado peligroso. – “Lo sé” contestó él, pero, realmente ¿Podrían hacer algo? El grupo que él mismo había fundado era fuerte y estaba bien preparado, y los últimos datos del informador hablaban de que se les habían unido más gente, incluso centinelas. Un ataque, por tanto, no sería acertado. – Pero como hacerlo…
Una de las razones por las que Igraine se había esforzado tanto en traer “de vuelta” a Marcus a su lado era porque juntos eran prácticamente imparables. Sin embargo, la conciencia de su pareja les daba problemas demasiadas veces, y era una variable que ella tenía que controlar siempre, no podía arriesgarse. Con él, no. A su vuelta, Igraine había puesto el grito en el cielo, sus hijos se habían marchado con su padre y con el aquelarre de éste, y Marcus no había hecho nada por impedirlo ¿Porqué no se movió para defenderlos? Pero la sospecha y la rabia se debían quedar en un segundo plano, pues debían encontrar la manera de hacer regresar a sus hijos y, con suerte, atraer a los de ellos, una pareja con el mismo poder que los suyos, los cuatro podrían cambiar el mundo si quisieran.
Pero la fuerza del aquelarre enemigo era a su vez su mayor debilidad, seguramente querrían que los jóvenes tuvieran una vida lo más normal posible, con las oportunidades que correspondían a las personas de su edad. Si tenían paciencia, en poco tiempo abandonarían el hogar, la protección del Círculo, y entonces sería su momento.
Mientras tanto, el nuevo Guardían preparaba el terreno para la llegada del Círculo oscuro al mundo, las almas atormentadas abrirían la puerta.
Sólo tenían que esperar. Esperarían. Y ella mataría a su mayor enemiga.
– ¡Que no! – Dijo empezando a enfadarse. – ¡Que no me sirve ninguno! O me quedan grandes, o chicos…
Los amigos se miraron de reojo, sin saber muy bien cómo consolarla. Era la primera vez que en El lugar donde nacen los cuentos ocurría algo así. También era cierto que ya existía alguien a quien un zapato le había quedado perfecto, así que podría ser que no hubiera posibilidades de encontrar otro par así. Pero ¿qué decirle? ¿Fastídiate? ¿Deberías haber sido más original? Si sólo había que mirarla para que se les cayera el alma al suelo, si tuvieran alma claro.
- Bah, da igual. – Refunfuñó, tirando el último zapato probado al suelo y mirándose los pies, que parecían cambiar de tamaño según iba cogiendo pares nuevos. – Total, ¿Qué más da? ¿Qué más da que Él me haya invitado al Baile? ¿Qué más da que no tenga unos Zapatos decentes? – rompió a llorar, nunca se había sentido tan desdichada como en ese momento.
Sí daba, porque le había observado desde que era una niña, con su pelo perfecto y su ropa impecable, desde la ventanita de la buhardilla donde se encerraba para descansar. Porque Él se había fijado en Ella, y no en otra, cuando paseaba por el bosque el día en que la Mala Malísima había salido a pasear a Chispita, el dragón del castillo. Y Ella, y no otra, no tenía un mísero par de zapatos. Se acordó de los antepasados de la dichosa Cenicienta.
Entonces a uno de sus amigos, unos ogros que vigilaban los calabozos, con los que había hecho buenas migas desde el principio, se le ocurrió una idea. “¡Oye!” dijo entusiasmado “Sé que el Hada Madrina, y la Bruja Piruja te mandaron a paseo, pero… ¿Y si llevas esto? No es muy medieval… Pero…” Sacó del Saco sin Fondo de las Posibilidades Infinitas, regalo de su abuela, de la del ogro, un par de sandalias.
- Chica, – dijo el otro ogro – piensa en lo guapa que estarás enseñándole esos deditos, hay que adaptarse a los cambios… Y es eso, o ir descalza.
Ella se lo pensó. Mucho. Tanto que sus amigos, los ogros, fueron y volvieron de los calabozos dos veces mientras ella observaba las sandalias, que tenían unos tacones de aguja enormes. Al final, pese a que no le hacía gracia, accedió.
Fue al baile, bailó, mucho, y se fue antes de las doce porque los pies la mataban. Sin embargo, Él nunca volvió a dar señales, hasta que se volvieron a encontrar en el bosque, y ya jamás se volvieron a separar. Resultó que a Él sólo le gustaban las mujeres Descalzas.
La verdad es que no sé muy bien cómo acabé aquí. Soy un buen tipo, nunca me he metido con nadie, y sin embargo aquí estoy, hablando con un tipejo como tú, escondido de un mafioso de mala muerte en una ciudad llena de locos… En fin, al menos ahora tengo un trabajo, y una casa decente. Así que no puedo quejarme.
Pero sí, un día tuve una familia, una hermosa mujer… No tenía ni un dólar, y vivíamos en una casa de 40 metros cuadrados, pero aquello sí era vida, volver del trabajo y besarla… Ahora sólo me espera la soledad, y las pesadillas por las noches. No, no es que no me guste la vida que llevo ahora, no se confunda, pero estos momentos…
Ya, ya sé que no tengo pinta de asesino… ¿Qué le vamos a hacer? Usted tampoco parece lo que es, nadie lo hubiera dicho, y sin embargo aquí estamos. Ah, no, no empecemos con eso, usted tiene de inocente lo que yo de… de… bueno, ya me entiende.
Además, créame cuando le digo que va a ser la primera vez que realmente disfrute apretando el gatillo..
No soy un buen tipo, lo sé. Nunca he ayudado a nadie si ello no me favorecía a mí de algún modo. Siento si eso le molesta, pero soy así. No voy a justificar mis actos con historias de mi dura infancia, que no fue tal, ni nada de eso. Pero en esta vida todo es adaptarse o morir, y en esta profesión lo es más que en ninguna otra. Soy un tipo duro, de los de antes, bajo una máscara de hombre gracioso, a veces socarrón. Piense cómo si no hubiera llegado hasta aquí.
No, no se confunda, tengo mis sentimientos, mis amigos. A ellos los ayudo porque quiero, si ellos están bien yo también lo estoy. Y he tenido parejas, por supuesto, pero cuando empiezan a preguntarte porqué llegas a las tres de la mañana oliendo a alcohol y a tabaco, o porqué hay sangre en los puños de tu camisa… Una retirada a tiempo es una victoria. No, entiendo lo que quiere decir, pero las mujeres de este mundo no me van, hay pocas que realmente vivan de la misma forma que yo, no quiero amas de casa en mi vida, no tengo nada en contra de éstas, pero si quisiera estar con alguien, lo estaría con una persona que me llenara, que comprendiera lo que hago, cómo lo hago y porqué.Espero que entienda ahora porqué estoy solo.
De todas formas, amigo, nada de esto viene al caso, no es el asunto que nos ocupa. Supongo que está nervioso, expectante por lo que pueda pasar… Bueno, creo que ya lo sabe, ¿verdad? Sí, no es tonto, de hecho creo que es muy listo. Ha hecho como que me escucha, para ver si así me lo pienso, o me arrepiento… Se ha equivocado de hombre. Así que,por favor, no nos liemos más, haga lo que le toca hacer, rece lo que sepa, o diga unas últimas palabras, un último deseo o lo que le salga de los cojones. Pero hágalo ya que tengo una cita con una chica guapa y aún me tengo que cambiar de ropa.
Puede que te parezca raro, incluso curioso. No suelo hablar de esto a menudo… Y menos con alguien como tú. Realmente no hablo con casi nadie, es cosa de mi profesión, al fin y al cabo soy como un lobo, y éstos no entran en confianzas con las ovejas… Hay cosas que hay que mantener alejadas no vaya a ser que luego sean contraproducentes, tú ya me entiendes.
Sí, te preguntarás si eso también afecta a mis relaciones personales, y sí es la respuesta. Nunca tuve demasiada fe en tener una pareja, y la poca que tenía se desvaneció hace mucho tiempo. ¿Te extraña? ¿Realmente, ahora que sabes lo que soy y lo que hago, tendrías una cita conmigo, te acostarías conmigo? Ah, ya decía yo. No, no me importa, y sí, a veces lo echo de menos, pero esta es mi vida, esto es lo que hago y sé como terminará, pero no puedes vivir con miedo todo el tiempo.
Escucha…shh… ¿Lo oyes? Ahora es cuando tu corazón parece salirse del pecho de lo fuerte que late, ahora, delante del mayor depredador que has conocido, te sientes más vivo que nunca; quieres vivir, quieres luchar por hacerlo, quieres besar a quien no lo hiciste, amar a quien no pudiste, golpear a quien te golpeó… Es normal, piensas que vas a morir.
Buena música, buen champagne y, sobre todo, buen whisky. Aquella fiesta prometía desde el principio. Cuando entró en la abarrotada casa había tanta gente que, por un momento, se sintió un poco perdido. Pero vió a Martina Burkowinsky en la escalera, sobresaliendo a sus invitados y saludándolos uno a uno, como en un besamanos, y se dirigió para allá. Estaba contenta, sus ojos brillaban y parecía incluso más joven que la última vez que se vieron. Tan contenta, que lo saludó con dos besos y le preguntó qué tal estaba. “Dolorido”, pensó. Aún le dolía el cuerpo de la noche pasada atado a su propia silla.
Hombres de negocios acompañados por sus mujeres o por sus queridas, actores y actrices y algún que otro músico conocido formaban el grupo de invitados de la viuda. Pero también vió, a lo lejos ya que no quería más problemas en veinticuatro horas, a Carlo Di Palermo, el padre de su “amigo” Adam; el cual estaba de pié a su derecha, como un perro fiel. Saludó a varios periodistas conocidos suyos, e incluso tuvo a bien posar para un par de fotógrafos de las páginas sociales. Pero seguía sin haber rastro de Karla.
La fiesta seguía en los jardines de la casa, donde habían colocado para la ocasión una gran carpa con globos, la orquesta tocaba una animada canción que los jóvenes y no tan jóvenes se atrevían a bailar. Nada, nadie interesante. Se acercó a la barra y pidió un whisky doble sin hielo, y con su recién conseguido tesoro decidió pasear por el jardín que parecía no haber sido invadido por la fiesta de Martina. Era la parte trasera del mismo, y lo saludaba un estanque alargado, con dos grandes ranas en los extreños que a intervalos de unos minutos soltaban sendos chorros de agua que se tocaban en el centro. Siguió caminando, quería perderse en las sombras que lo llamaban más allá, tras unos altos setos que lo protegerían de miradas indiscretas.
Al llegar, descubrió que lo que protegían aquellos setos era un pequeño laberinto, iluminado por pequeñas lámparas que daban al lugar un aire muy íntimo. Caminó unos metros hacia la derecha, después a la izquierda, no era difícil recorrerlo y se alegró por ello, no quería acabar pidiendo ayuda. Al llegar al centro observó otro estanque, éste más pequeño, y un templete que protegía de la lluvia a un banco de piedra que más bien parecía un diván, donde una solitaria figura exhalaba una voluta de humo. Le dio un vuelco el corazón.
Ni siquiera fue consciente de que caminaba hacia allí, de que se sentó a su lado y se encendió un cigarrillo, sólo despertó de su ensueño cuando ella habló. Lo hizo suavemente, sin mirarle, tras volver a soltar el humo de sus carnosos labios.
- De pequeña me gustaba mucho venir aquí, creía que el laberinto era la puerta a un mundo donde no había nadie que gritara, donde vivían hadas y seres fantásticos… donde podía ser sólo yo, como yo quería ser. Hacía años que no volvía. – Bajó la mirada, seguía teniendo unos ojos almendrados preciosos… pero tristes. “Vincent… céntrate” se dijo, pero sin excesivo convencimiento. Lo miró fíjamente – ¿Qué hace aquí Sr. Morgan? Ya le dije que corría peligro.
- Bien vale usted un par de puñetazos… – Ella lo miró sorprendida, y él fue consciente de que había pensado en voz alta. – Quiero decir que no me importa, sé que hay más secretos de los que todos me habéis hecho creer, ahora ya es más personal que profesional.. Entiéndalo. – Ella sonrió. – No sabía que estaba prometida.
- No le dije ni que sí ni que no… Si callar es mentir, entonces mentí. No creí que fuera relevante, Sr. Morgan. – Estaba seria, mirándole a los ojos tan firmemente que casi sentía que lo atravesaba.
- Es relevante cuando su prometido es el hijo de un mafioso Srta. O´Cannahan… – No pareció sorprenderse, pero una mueca amarga apareció en sus labios. – ¿Acaso me equivoco? ¿Acaso, cuando ustedes se casen, no se unirán la empresa de su padre con la de los Di Palermo?
Ella apartó la mirada, la tristeza de éstos se hizo más evidente, pero también había rabia, frustración en aquellos ojos arrebatadores. – No todo es lo que parece Sr. Morgan – dijo ella, con cierto temblor en la voz – Adam… Adam supo como engatusarme, y cuando me di cuenta de mi error ya era demasiado tarde. Rompí el compromiso hace un tiempo, pero… – “Pero qué” contestó Vincent con ¿celos? en su voz, ella lo notó, y en su cara volvió a aparecer la chica dura – Pero las cosas no son tan fáciles, usted es libre de hacer lo que le plazca – se levantó y le dio la espalda – nadie depende de usted… Usted es libre.
La tomó de la mano y la arrastró hacia él. Sonaba una bonita canción desde la fiesta. Con un pequeño tirón ella se sentó, parecía hipnotizada. – Usted, Srta. O´Cannahan, es libre también… sólo que, quizá, no lo ve. – La acercó tanto que eran pocos los centímetros que los separaban. – No quiero ser un cerdo Srta. O´Cannahan… “Llámeme Karla”
Fue entonces cuando la besó, la tomó con fuerza de la cintura y la besó como tantas veces lo había imaginado, y en contra de lo que pasaba en sus imaginaciones, en las que se separaba con horror y lo abofeteaba, ella rodeó su cuello con sus brazos y le correspondió.
Estaba preocupado, no había rastro de ella, y llevaba así varios días. Había mirado en su casa, donde parecía que hacía días que nadie pasaba por allí, en casa de la viuda, donde los criados no sabían tampoco nada – excepto que su señora organizaba una gran fiesta dos días después. Ni siquiera en aquel bar, noche tras noche la esperaba, pero la silueta de la joven no volvía a aparecer.
En su preocupados días, también había hecho avances en la investigación de la familia O´cannahan. El padre era amante de su jefa, como ya le habían dado a entender, la cual tenía un hijo llamado Adam. “¿Sería casualidad?”, lo dudaba. El padre de éste era un conocido capo, el cual, a su vez, había hecho un importante préstamo a una de las empresas del fallecido William O´cannahan. Decían las malas lenguas que tenían pensado “unir” ambos negocios. Algo salió mal, nadie quería hablar, nadie.
Fumando un cigarrillo con los pies encima de la mesa de su despacho, jugaba con la mano izquierda con el sombrero que su misteriosa amiga olvidó, no podía olvidar el olor de su pelo.. sacudió su cabeza y decidió ir la noche siguiente a la fiesta de Martina Burkowinsky, extrañamente estaba invitado. Quizá con el baile y el alcohol a alguien se le soltara la lengua, y quizá… sólo quizá Ella estuviera allí, con un bonito vestido de noche y sus hermosos ojos tristes mirándole fijamente.
La bestia volvió a aúllar, y ya no le importaba que lo hiciera, él sólo ahogó su propio aullido con un largo trago de whisky. Se dirigió al sofá, con el vaso en una mano y la botella en la otra, se quitó los zapatos y se recostó en él. Había demasiados giros en aquella historia, la policía ya no investigaba aquel caso, lo habían archivado como un desgraciado accidente de coche causado por la velocidad y el alcohol, con lo que la viuda o cualquier otra persona estaba libre de sospecha. Aún así el seguro seguía sin decir ni pío, y la joven Karla O´cannahan, estuviera donde estuviera, no tendría de qué preocuparse. Pero algo le escamaba, con mafias, mujeres celosas, misteriosas hijas y “¿yernos?” violentos, ¿Cómo era que la poli no había investigado un poco más? ¿Porqué su instinto de perro viejo le decía que aquello sólo era la punta del iceberg? Sin darse cuenta, la botella vacía cayó con un suave ruido sobre la alfombra.
Pensó que no había dormido nada cuando unos individuos muy poco amables lo ataron a su propia silla sin miramientos. Lo arrastraron como a un saco, y dirigieron la lámpara de su mesa a la cara, para que no pudiera ver sus rostros aunque sus voces lo decían todo, como que uno de sus amigos era Adam. No pudo evitar un escalofrío ¿Le habría pasado a Karla? Pero un fuerte puñetazo hizo que todos sus pensamientos desaparecieran en el dolor de su mejilla. “No te metas donde no te llaman detective de pacotilla”, “Haces de masiadas preguntas”, “No queremos volver a verte fisgoneando por el barrio italiano,¿capisci?” Y Pam, otro puñetazo, en la otra mejilla, “¿Cómo era lo que decían en la Iglesia?..”
Esta vez no había ninguna joven que dulcemente, pese a su aspecto de chica dura, le curara las heridas. Sólo tenía a la asustada Hillary, que lo desató y le desinfectó con manos temblorosas. Luego, en vez de unas extrañamente suaves manos de…”¿escritora? ¡Claro! A eso se dedica..”, su piel tocó un sangriento bistec de la carnicería de enfrente. Tenía que estar decente para esa noche, no podía presentarse con esas heridas en casa de la Sra. Burkowinsky. Así que dejó que el filete hiciera su trabajo mientras él dormía, esta vez de seguido, en su sofá.
Le sonrió, con los ojos tristes, se separó y, tras la última nota de la canción, se marchó. Justo en el momento en el que él había imaginado besarla como sólo los tipos duros saben hacer. Pero antes de convertir la fantasía en realidad, ella ya había cruzado de nuevo el quicio de la puerta y se había perdido entre la niebla, esta vez dejándose algo atrás: Su sombrero.
Tras un número indeterminado de whiskies, se atrevió a cogerlo y lo observó con detenimiento. Estaba viejo y gastado, de hombre. Era bastante más viejo que su dueña…se preguntó quién había sido su anterior propietario.
La noche pasó lentamente, whisky tras whisky, el sillón de su despacho se convirtió una vez más en una cama improvisada. Eran las diez cuando Hillary le despertó con un café recién hecho, sólo de olerlo le entraron naúseas, pero aún así lo agradeció. Recordó soñar escenas inconexas de los dos días anteriores, la dama, los ojos almendra, golpes, una solitaria lágrima corriendo por una mejilla aterciopelada. “Creía que los tipos duros no bailaban” decía ella, “Los tipos duros tontos, no”, respondía él. Cómo le dolía la cabeza. Hillary diciendo que la jefa venía en diez minutos. “¡¿Diez minutos?! Mierda…”
Mientras se afeitaba cayó en la cuenta de que tenía demasiada práctica en afeitarse con el único reflejo de su petaca, ahora vacía. Tras terminar se desató la corbata y la rehizo. Cogió aire cuando la vió entrar en la pequeña habitación y volvió ver como su mera presencia conseguía iluminar la estancia. Sin embargo, en aquella ocasión, a su mente sólo le vino una profunda mirada, pese al porte de la dama, y pese al notable interés que ésta demostraba hacia su persona. “Touché, por si aún te quedaba alguna duda…” Realmente, no podía creérselo. Una desconocida había conseguido desenterrar lo que llevaba años bien escondido.
Su jefa le preguntó por sus avances, al parecer, no se había enterado de la entrevista que había tenido con Martina, ella enarcó la ceja con aprobación, parecía divertirle el hecho de que Vincent hubiera molestado a la viuda en la intimidad de su hogar, haciéndole preguntas incómodas. Tampoco tenía noticias de que Karla y él se conocían, dejó que eso siguiera así, su instinto (ése que le había salvado el pelo en más de una ocasión) le decía que cuanto menos supiera la mujer de la hija de Martina, mejor. Sin embargo, muy inteligentemente, la dama sí dió a entender que se había enterado de su encuentro con el tal Sr. Adam “Manfredi, así que ése era su apellido…” Fue una visita corta, y tras su marcha el despacho había vuelto a su oscuridad habitual.
Se quedó a solas, sentado en su desvencijada silla de detective, con las piernas sobre la mesa y maldiciendo el que no le quedaran botellas en ninguna parte. Sacó su cartera y desdobló la vieja foto: Una hermosa joven le sonreía, bien peinada y con los labios rojos. Recordó el momento, cuando él era joven y no uno de esos tipos duros, en que sacaron la instantánea. Habían decidido casarse, justo después de que él volviera de la guerra. La casa, los niños… habían imaginado cómo sería todo, como se cogerían las manos siendo viejos observando orgullosos a los nietos en el jardín.
Ese momento nunca llegó, le habían arrebatado al amor de su vida, su juventud, sus ganas… No había sentido nada igual desde entonces, ninguna mujer lo llenaba, ninguna. Los besos no significaban más que la pasión del momento, nunca se había imaginado besando a otra mujer, perdido en pensamientos de ese estilo. Simplemente, siempre se había dejado llevar. Menos con aquellos ojos almendra, y eso sólo conseguía ponerle la piel de gallina.
Tras la suave cura de la joven O´Cannahan Vincent decidió salir pitando de aquella casa. No porque no quisiera quedarse, es decir, todo su cuerpo (sobre todo su compañero residente en el estómago) deseaba estar en aquel salón, con aquella joven de los ojos de almendra, para toda la eternidad. Pero si ya tenía problemas, no quería saber qué pasaría si cedía a sus impulsos.
Ella, que había recuperado ya su dura apariencia, guardó el botiquín, encendió un pitillo y se lo ofreció. Él no pudo evitar aceptarlo, notando el sabor del carmín. Tenía que irse cuanto antes, pero también había demasiadas preguntas que aún no tenían respuesta. Decidió tirarse a la piscina.
- Srta. O´Cannahan – Era un tipo duro, no podía dejar que una mirada profunda, a la que se había sumado unos hermosos labios, le impidiera hacer su trabajo. – Tras nuestro encuentro de hoy, tengo que hacerle unas preguntas. Debo pedirle que se entreviste conmigo en mi despacho…¿Mañana quizá? Hemos tenido suficientes emociones por esta noche. – Ella enarcó una ceja y sonrió, de un modo más parecido a una mueca de dolor que a otra cosa.
- Claro Sr. Morgan… Pero ni a usted ni a mí nos interesa que me vean entrando en su despacho… Créame.- Se levantó, girándose hacia la mesa donde descansaba su máquina de escribir. Le dió la espalda a Vincent, pudiendo éste contemplar la silueta de la joven. No era esbelta, más bien baja, pero su cuerpo tenía una figura muy hermosa. Lo que más impresionaba era su porte, duro, siempre con la cabeza alta. – Creo que nuestra conversación será más… tranquila si nos vemos en… – titubeó – el bar donde… nos encontramos.
Él aceptó, teniendo que callar por centésima vez a la bestia de su interior, recordando la primera vez que sus miradas se cruzaron. Volvieron a estrechar las manos, con más fuerza, separándose más lentamente. Parecía que sus pies fueran de plomo, nunca marcharse de un lugar le había costado tanto.
Sentado ya en su viejo coche, notó el calor del licor en su garganta, la fiera rugiendo, el sudor por su frente. “Ésta, amigo mío, va a ser una noche muy larga”.
Y así fue, a la mañana siguiente continuó sus pesquisas sobre la extraña familia. Al parecer, el fallecido Sr. O´Cannahan era un hombre de negocios muy importante en la ciudad, averiguar cuáles eran éstos era harina de otro costal. Bolsa, asesorías, buffetes de abogados y clubes nocturnos eran algunos de los hilos de la inmensa red. Indagando, gracias a Hillary , su secretaria, supo también que hasta que no se supiera con claridad la causa de la muerte de William O´Cannahan, la única heredera era su hija Karla y que fuera cual fuera el resultado de la investigación policial, ella se llevaría la mayor parte del patrimonio de su padre. Dudó, ¿Le estarían engañando aquellos ojos? ¿Sería ella la culpable? No, no podía ser…
Durante el resto del día, Vincent pasó el tiempo intentando diabolizar a la joven, buscándole defectos y oscuros secretos imaginarios, así su fuerte coraza de tipo duro se veía reforzada, preparada para el posterior encuentro en el bar. Pero ni los peores pecados inventados sirvieron de nada cuando, desde la sombría mesa del fondo donde fumaba compulsivamente, observó la sinuosa figura de la mujer en la puera abierta del bar.
Pareció intuir donde se encontraba, porque no vaciló en dirigirse a su mesa, era eso, o que todos los “tipos duros” preferían los lugares oscuros para hacer negocios. Se quitó la gabardina despacio, como si supiera que él observaba cada movimiento. El sombrero lo dejó sobre la mesa, después de sentarse y cruzar las piernas. Juraría que había oído el suave sonido de las medias. “Céntrate Morgan”, se alegró de que no hubiera luz suficiente para verle la cara.
- Bien, Srta. O´Cannahan – “llámeme Karla, por favor” replicó al instante ella, él sólo pudo inspirar profundamente – Bien, Karla, como ya sabe me han contratado para aclarar qué le sucedió exactamente a su padre. No tengo más remedio que preguntarle donde estaba cuando sucedió el… accidente.- Ella se encendió un cigarrillo, y con el resplandor del encendedor pudo ver refulgir sus profundos ojos. No pudo evitar un leve temblor en la voz.
- Me alegro de que no haya centrado sus sospechas en mi madre, Sr. Morgan, es usted un hombre muy inteligente para caer en las redes de una mujer hermosa – ¿Se refería a su jefa o a ella? – Desgraciadamente para mí, no tengo coartada. Me encontraba sola en mi casa, escribiendo, como anoche.
- ¿Y no tuvo ninguna visita como la de ayer? – Notó la mirada de la joven, enfadada, ofendida. “Mierda… gajes del oficio, muchacha” Para ser sincero, no sólo fue una pregunta profesional.
- No.
- ¿Se dedica usted a trabajar en alguno de los negocios de su padre? – “¿Tiene algo que ver con los asustos turbios de su padre?” quería decir, esta vez se mordió la lengua.
- No. Sólo administro parte de su dinero.
- ¿A qué se dedica?
- ¿Tiene eso algo que ver con la muerte de mi padre, Sr. Morgan? – “Touché, de nuevo, touché” Esa chica le daba siempre donde más dolía. Dió un profundo trago a su vaso, percatándose de que su compañera no tenía bebida, hizo una inconfundible señal a Joe y éste trajo otro doble para ella.
- Puede ser, no se puede dar nada por hecho. – “No, no se puede…” contestó ella, pero dejó sin responder su pregunta.
Resultó que Karla no tenía demasiada relación con su familia, no se llevaba demasiado bien con su madre, y Vincent pudo observar que tampoco le gustaba hablar de su padre. Supo esquivar perfectamente las preguntas de “Adam”, “Para otra ocasión”, decía, igual que cuando le volvía a interpelar sobre su familia. Así pasaron las horas, el whisky corrió más de lo que debería, y el interrogatorio dió paso a una conversación más profunda. Estaba entrando en aguas pantanosas.
El bar empezó a llenarse, y un grupo local tocaba con suavidad una de esas canciones para los “tipos duros” y solitarios. Ella se levantó,le tendió la mano y el sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies. “Los tipos duros no bailan…” Puede que no fuera tan duro en el fondo.