Extender la mano
con temblorosos dedos
que no logran alcanzar el consuelo
de conseguir lo anhelado.
Quizá, abrir los labios
saboreando lo que no llega a la garganta,
un trago exquisito e imaginario.
Cerrar los ojos, sentir unas pestañas
que son ajenas, que caminan los párpados
creando invisibles telas de araña.
Y así, el cuerpo abre sus ventanas,
inspira el novedoso aire
de una desconocida mañana.
Que estaba ahí, expectante,
esperando un momento, un instante,
para abordar a quien tiene las defensas bajadas.
Y así, se mezclan juguetones los alientos,
descubriendo, cada vez, un mundo distinto,
donde no entran en juego miedos o prejuicios,
descubriendo, a cada latido, un universo.



















