Dos tipos duros (Parte II)

Learnin´ the blues – Ella Fitzgerald & Louis Amstrong

Vincent, así se llamaba, no entendía muy bien qué estaba haciendo en aquel lujoso salón, con su chimenea, sus sillones, y el cuadro de un adusto hombre observándole. No pudo evitar que se le pusiera la piel de gallina. Su “jefa”, aquella mujer despampanante, lo había contratado para averiguar (antes que la policía) quién había matado al caballero cuyo cuadro le daba repelús. Según la dama, pues no había otra mujer que se mereciera mejor ese apelativo, la asesina era la esposa del difunto, una mujer que heredaría una fortuna.

Él no era idiota, y estaba claro que entre ellas había un rencor más profundo de lo que su jefa sería capaz de confesar. La noche anterior, tras la visita de la misteriosa dama, había ido como siempre a “El Bar de Joe”, donde ahogaba las penas día sí, día también. Allí tuvo el encuentro más extraño de su vida, tan raro, que aún se revolvía al recordarlo. Con un movimiento de cabeza borró de su mente aquellos ojos marrones perdidos tras la niebla, justo cuando el ama de llaves entró en el salón con el vaso de whisky y una botella de soda. “Lo quiero solo, gracias”, ella asintió y dejó el líquido ambarino sobre un posavasos en la mesilla de su derecha. Le informó que la señora estaba reunida, de nuevo, y que no tardaría demasiado en encontrarse con él.

El reloj marcaban las seis de la tarde, una hora un poco extraña para reuniones de negocios…, unos pasos, unas voces de hombre, y el sonido de unos tacones entrando a su espalda. La pobre viuda en cuestión se llamaba Martina Burkowinsky de soltera, O´cannahan tras el beneficioso matrimonio. Aún así, el inteligente señor O´cannahan, había sido prudente, haciéndole firmar un contrato prematrimonial tan blindado que la única forma de que el matrimonio se rompiera se manera beneficiosa para la europea era la muerte de su esposo, siempre y cuando ella no tuviera nada que ver… Lo dudaba. En toda la ciudad circulaban rumores sobre amantes, engaños, mentiras y oscuras influencias sobre la pareja. De hecho, él creía casi con toda seguridad que su jefa era una de esas mujeres con las que se relacionaba al difunto.

La señora Burkowinsky, había recuperado su apellido, era alta, con muy buena planta pese a su avanzada edad, con cierto aire familiar que Vincent era incapaz de situar. Se sentó en un sillón orejero después de servirse un martini bien cargado. “Dígame, señor… Morgan, ¿Qué puedo hacer por usted?” dijo ella, se encendió un pitillo.

– Como estoy seguro que supone, se me ha contratado para ver si realmente usted…cumple las condiciones necesarias para cobrar el seguro de vida de su esposo. – Una sombra de dolor pasó por el rostro de la viuda, que recuperó su estoico semblante de instantes anteriores.

– Bien…  querrá saber donde estaba cuando mi esposo sufrió su accidente de coche y todos esos datos que ya -enarcó una ceja con claro disgusto – he facilitado a la policía..¿Verdad?.

“Por supuesto”, contestó él, sin impresionarse por el rostro de la mujer, ya había visto muchas demostraciones de falsa pena. Él era, al fin y al cabo, un tipo duro. Empezaron las preguntas de rigor, ella, a veces, mostraba cierta emoción… había que admitirlo, era la mujer que menos ganas estaba poniendo en convercerle de que era inocente de todas las que había conocido, y había conocido a muchas…

Tras el largo, pero cortés, interrogatorio, otros tacones llenaron la sala. La Sra Burkowinsky levantó la vista y enarcó las cejas, sorprendida por la presencia de quien había entrado en la habitación. – Querida – dijo – pensaba que ya habías vuelto a tu casa. – Se levantó y se dirigió hacia su interlocutora – No tenías que haberte quedado… – Se oyeron dos besos, él seguía sin moverse, era una de esas escenas que solían darle náuseas, la sospechosa utilizando a un tercero para demostrar emoción y dar pena.. no quería verlo. – Señor Morgan, deje que le presente a mi hija…

No tuvo más remedio que levantarse y girarse para saludar a la recién llegada. Pero fue dirigir la mirada hacia las damas cuando notó de nuevo la misma sensación de la pasada noche. Esos ojos de nuevo. No recordaba muy bien qué había pasado tras encontrársela de nuevo, saludo cortés, apretón de manos (un apretón duro), y una rápida despedida. en el porche. Karla, quedaba apuntado, parecía cansada, no tenía la altura de la madre, ni era tan bella como la mujer que lo contrataba, pero sus ojos, su forma de andar… “Touché, amigo. touché…” En ningún momento dieron ambos señal alguna de reconocerse, incluso cuando se despidieron en la puerta de la mansión. Ella volvió a calarse su sombrero y él hizo lo que tenía que hacer: seguirla.

<Parte I Parte III>

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6 respuestas a Dos tipos duros (Parte II)

  1. eariandes dijo:

    Me encanta… habrá más? espero que sí.

  2. kiram dijo:

    Quien sabe Eari…¿Crees que habrá más o que seré mala maligna? Juajuajua

  3. vittt dijo:

    quiero saberlo todo de esa mujer de ojos color avellana. aunque puedes ser mala, si quieres…

  4. kiram dijo:

    Creo que podré compaginar ambas cosas, Sr.V. Aunque puede que la dama de los ojos castaños no sea tan buena como parece…quizá nuestro protagonista se sorprenda.

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