Dos tipos duros (Parte III)

We have all the time in the world – Louis Amstrong

Al final de los escalones que separaban la puerta de salida del balcón de los jardines, un coche negro con chófer esperaba a la misteriosa joven. Sin embargo, ésta lo ignoró y se dirigió a un elegante descapotable Packard Custom Super Eight 18 de 1940, era un coche de hombre, seguramente de su difunto padre. El chófer pareció balbucear una frase que ésta silenció con un rápido movimiento de su mano. Su mirada era dura, fría, y mantenía la mandíbula en tensión; tras meter la llave en el contacto inspiró profundamente y no pudo evitar mirar rápidamente a Vincent, quizá con un gesto de reconocimiento, que apuraba su cigarrillo en la puerta de su coche, ni tan nuevo ni tan lujoso como el de ella. Al menos tendría más fácil seguirla, un automóvil así no pasaba desapercibido.

Él seguía intentando mantener a raya a la criatura que parecía haberse mudado a su estómago mientras callejeaba por la ciudad. Tras veinte minutos, el coche paró delante de una casa a las afueras. Ésta era mucho más pequeña y más moderna que la del matrimonio O´cannahan, grandes ventanales daban al jardín exterior, con cortinas que mantenían la intimidad de sus dueños. Vincent aparcó justo enfrente, apagó los faros de su coche y dió un largo trago a su petaca, durante el día se había dado cuenta de que el whisky era lo único que parecía útil contra lo que llevaba sintiendo desde la noche anterior. No había movimiento en la casa, en el salón las cortinas estaban abiertas con lo que podía ver que la joven se había quitado los zapatos y trabajaba con una máquina de escribir, a su derecha un vaso con aquel líquido que había hecho que sus caminos se cruzaran. Él empezaba a habituarse a los golpeteos acompasados de las teclas cuando llegó un joven que no dudó en entrar a la vivienda sin tocar. Traía cara de malos amigos, “Vaya, vaya – dijo para sí – ¿Quién eres tú?”, los prismáticos le dejaban ver sin problema, sentía curiosidad por saber quién era su nuevo amigo, pero también una punzada se hundió en sus costillas, la ignoró.

Karla O´cannahan había dejado de escribir y observaba a su visitante con semblante altivo. Sin los tacones era más baja, pero su mirada tenía la misma fuerza, el mismo orgullo, por un instante pareció titubear ante la presencia del hombre. Él empezó a hablar, movía mucho los brazos y pese a estar de espaldas a Vincent, éste tenía clarísimo que el interlocutor de la mujer estaba muy enfadado. Ella no perdía su cara tranquila, sus respuestas eran cortas, lo que conseguía que el hombre se enfadara aún más. Tras unos minutos el desconocido dejó de mover los brazos y la cara de la mujer cambió, algo le había dicho que la había ofendido, desde su segura posición notaba el orgullo herido de Karla. Fue un instante, su mano firme abofeteó la cara del hombre. Éste no tardó en reaccionar, y fue tal el golpe que dejó a la joven desmadejada en el suelo.

Vincent saltó de su asiento, cogió su revolver y corrió hacia la casa. Llegaba a la puerta cuando el desconocido salía con paso apresurado y la marca de los dedos de Karla en la mejilla izquierda. Fue automático, y el detective saludó al hombre con uno de sus mejores derechazos. El otro se sujetó la sangrante nariz con ambas manos “Se quién eres, Vincent Morgan, ¿te crees que puedes ir haciendo preguntas por ahí y espiando a la gente y salir bien parado? Te arrepentirás Morgan…” dijo con ira. Y se lanzó hacia el detective.

La adrenalina hizo su trabajo, y ambos salieron de su encuentro con golpes y magulladuras por todo el cuerpo. Había que reconocerlo, el otro salió peor. Recogió el sombrero del suelo y empezó a abrir la puerta cuando oyó la voz de la joven: “Si vuelves a entrar Adam, te juro que te mato”. Y volvió a ver sus ojos, llenos de rabia, de rencor y, muy en el fondo, de miedo. La bestia rugió en su interior. Cuando Karla lo reconoció bajó la glock que sostenía entre las manos.

Hubo un tenso silencio, después ella lo invitó a entrar y preparó dos dobles. Él observaba todos sus movimientos, pudiendo así notar como intentaba arreglarse la camisa y el pelo disimuladamente. Después con sumo cuidado, con una gasa limpió la herida en la ceja que el hombre, llamado Adam, anotado, le había abierto.

– No debería haber venido, se meterá en problemas. – Dijo estoica, había recuperado la compostura, y volvía a mirarlo con aquellos ojos castaños… Era un tipo duro, tenía que aguantar esa mirada. – No debería.

Vincent tomó de la barbilla a la joven, y volvió a mirarla a los ojos – Eso, Srta. O´cannahan, es una constante en mi vida… ¿Quién era el de la puerta? – Se separó. Demasiado peligroso…

– Ya le dije anoche quiénes somos en realidad los tipos duros… – Seguía mirándole, con esos ojos almendrados que le llegaban a lo más hondo. Estaba claro, clarísimo, tenía un grave problema.

“Touché, amigo mío, touché”

<Parte II Parte IV>

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6 respuestas a Dos tipos duros (Parte III)

  1. vittt dijo:

    creo que necesito un whisky, k.
    v.

  2. eariandes dijo:

    alcohólicos! jajaja
    lo que me faltan son las roscas(véase palomitas, popcorns) y un refresco…

  3. eariandes dijo:

    Por lo demás perfecto, quiero más….

  4. Anaisay dijo:

    Sorpresa, no sabía que continuaba.
    Terminará besándola.
    Los que van de muy duros,en el fondo son muy blandos.
    Ánimo, descubrenos que se oculta tras esos dos tipos duros.
    Besos Anaisay

  5. Pingback: Dos tipos duros (Parte IV) « Kiram

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