Dos tipos Duros (Parte VII)

A Kiss to Build a Dream On – Louis Armstrong

Buena música, buen champagne y, sobre todo, buen whisky. Aquella fiesta prometía desde el principio. Cuando entró en la abarrotada casa había tanta gente que, por un momento, se sintió un poco perdido. Pero vió a Martina Burkowinsky en la escalera, sobresaliendo a sus invitados y saludándolos uno a uno, como en un besamanos, y se dirigió para allá. Estaba contenta, sus ojos brillaban y parecía incluso más joven que la última vez que se vieron. Tan contenta, que lo saludó con dos besos y le preguntó qué tal estaba. “Dolorido”, pensó. Aún le dolía el cuerpo de la noche pasada atado a su propia silla.

Hombres de negocios acompañados por sus mujeres o por sus queridas, actores y actrices y algún que otro músico conocido formaban el grupo de invitados de la viuda. Pero también vió, a lo lejos ya que no quería más problemas en veinticuatro horas, a Carlo Di Palermo, el padre de su “amigo” Adam; el cual estaba de pié a su derecha, como un perro fiel. Saludó a varios periodistas conocidos suyos, e incluso tuvo a bien posar para un par de fotógrafos de las páginas sociales. Pero seguía sin haber rastro de Karla.

La fiesta seguía en los jardines de la casa, donde habían colocado para la ocasión una gran carpa con globos, la orquesta tocaba una animada canción que los jóvenes y no tan jóvenes se atrevían a bailar. Nada, nadie interesante. Se acercó a la barra y pidió un whisky doble sin hielo, y con su recién conseguido tesoro decidió pasear por el jardín que parecía no haber sido invadido por la fiesta de Martina. Era la parte trasera del mismo, y lo saludaba un estanque alargado, con dos grandes ranas en los extreños que a intervalos de unos minutos soltaban sendos chorros de agua que se tocaban en el centro. Siguió caminando, quería perderse en las sombras que lo llamaban más allá, tras unos altos setos que lo protegerían de miradas indiscretas.

Al llegar, descubrió que lo que protegían aquellos setos era un pequeño laberinto, iluminado por pequeñas lámparas que daban al lugar un aire muy íntimo. Caminó unos metros hacia la derecha, después a la izquierda, no era difícil recorrerlo y se alegró por ello, no quería acabar pidiendo ayuda. Al llegar al centro observó otro estanque, éste más pequeño, y un templete que protegía de la lluvia a un banco de piedra que más bien parecía un diván, donde una solitaria figura exhalaba una voluta de humo. Le dio un vuelco el corazón.

Ni siquiera fue consciente de que caminaba hacia allí, de que se sentó a su lado y se encendió un cigarrillo, sólo despertó de su ensueño cuando ella habló. Lo hizo suavemente, sin mirarle, tras volver a soltar el humo de sus carnosos labios.

– De pequeña me gustaba mucho venir aquí, creía que el laberinto era la puerta a un mundo donde no había nadie que gritara, donde vivían hadas y seres fantásticos… donde podía ser sólo yo, como yo quería ser. Hacía años que no volvía. – Bajó la mirada, seguía teniendo unos ojos almendrados preciosos… pero tristes. “Vincent… céntrate” se dijo, pero sin excesivo convencimiento. Lo miró fíjamente – ¿Qué hace aquí Sr. Morgan? Ya le dije que corría peligro.

– Bien vale usted un par de puñetazos… – Ella lo miró sorprendida, y él fue consciente de que había pensado en voz alta. – Quiero decir que no me importa, sé que hay más secretos de los que todos me habéis hecho creer, ahora ya es más personal que profesional.. Entiéndalo. – Ella sonrió. – No sabía que estaba prometida.

– No le dije ni que sí ni que no… Si callar es mentir, entonces mentí. No creí que fuera relevante, Sr. Morgan. – Estaba seria, mirándole a los ojos tan firmemente que casi sentía que lo atravesaba.

– Es relevante cuando su prometido es el hijo de un mafioso Srta. O´Cannahan… – No pareció sorprenderse, pero una mueca amarga apareció en sus labios. – ¿Acaso me equivoco? ¿Acaso, cuando ustedes se casen, no se unirán la empresa de su padre con la de los Di Palermo?

Ella apartó la mirada, la tristeza de éstos se hizo más evidente, pero también había rabia, frustración en aquellos ojos arrebatadores. – No todo es lo que parece Sr. Morgan – dijo ella, con cierto temblor en la voz – Adam… Adam supo como engatusarme, y cuando me di cuenta de mi error ya era demasiado tarde. Rompí el compromiso hace un tiempo, pero… – “Pero qué” contestó Vincent con ¿celos? en su voz, ella lo notó, y en su cara volvió a aparecer la chica dura – Pero las cosas no son tan fáciles, usted es libre de hacer lo que le plazca – se levantó y le dio la espalda – nadie depende de usted… Usted es libre.

La tomó de la mano y la arrastró hacia él. Sonaba una bonita canción desde la fiesta. Con un pequeño tirón ella se sentó, parecía hipnotizada. – Usted, Srta. O´Cannahan, es libre también… sólo que, quizá, no lo ve. – La acercó tanto que eran pocos los centímetros que los separaban. – No quiero ser un cerdo Srta. O´Cannahan… “Llámeme Karla”

Fue entonces cuando la besó, la tomó con fuerza de la cintura y la besó como tantas veces lo había imaginado, y en contra de lo que pasaba en sus imaginaciones, en las que se separaba con horror y lo abofeteaba, ella rodeó su cuello con sus brazos y le correspondió.

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4 respuestas a Dos tipos Duros (Parte VII)

  1. Pingback: Dos tipos duros (Parte VI) « Kiram

  2. eariandes dijo:

    Como en una película, pero mejor ya que esta la veo en mi mente…

  3. vittt dijo:

    libre…
    nadie es libre.
    pero un beso bien vale una bofetada.

  4. kiram dijo:

    Todos tenemos cosas que nos aprisionan, es cierto, pero todos somos libres de tomar las decisiones que, a veces, nos atan…

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